
Sería sensato concebir al arte como a lo divino, como a un ejercicio trascendente, como a una práctica que ésta más allá de los límites del conocimiento. El diccionario de la real academia define a lo ‘inefable’ como a lo que no se puede expresar con palabras, algo así como un sentir del cual solo podemos gesticular. ¿Es justo racionalizar este tipo experiencias? Intentos sobran, sin duda el ejemplo paradigmático recaería en la teología. Algunos de ellos se resguardan que el lector parta del axioma de fe, de otro modo la lectura pierde su propósito y explícitamente se exige el abandono de su comprensión. La resistencia tanto de la religión como del arte de la racionalización (descubrir, comprobar o demostrar) es justificable. En el mejor de los casos es digerido en virtud de los códigos de una propia disciplina; ‘control minucioso de las operaciones del cuerpo, que garantizan la sujeción constante de sus fuerzas donde se les imponen una relación de docilidad-utilidad’ (‘Vigilar y Castigar’, Foucault).
La teorización del arte debiera partir del principio de inefabilidad o bien rendirse a la contemplación audio-visual. La búsqueda de lo político en la obra se enmarca entonces dentro de un juego disciplinar en la cual participa el autor y no la creación. El rol social de arte se construye por lo social y no por el arte. La experiencia no es posible de ser jerarquizada ni cuestionada en tanto función social. Lo primitivo y lo doxo se proyectan simétricamente a la contemplación. Si bien se generan hábitos sociales entorno a ellos, estos no están determinados por su producción sino por lo que la sociedad crea a partir de ellos. El disciplinar al arte por tanto, se transforma en el primer conflicto con que el intelectual debe enfrentar su reflexión.
En lo que a sociología compete, tal propósito gana autonomía en la abstracción teórica que permite ampliar los márgenes de reflexividad. Un distanciamiento de la posición de observación del arte nos permite superar el determinismo social con que la sociología suele mirar el arte. La figura de la ‘auto-implicación’ nos faculta a observar el arte desde el arte, haciendo de la dicotomía ‘sujeto/objeto’ (creador/creación) ya no una división sino una unidad, ya no es un obstáculo sino un escenario reflexivo desde donde parte y termina el arte. Esto nos permite lograr distinguir entre ideología y teoría, desde la segunda podemos encontrar otras salidas a las ya sabidas dominación y poder.
Demás queda la invitación.
Demás queda la invitación.
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